El confesionario es pequeño y caluroso y hablas al súper mirando una pantalla negra, sin ver ninguna cara: angustioso. Supongo que cuando pasan los días y tienes problemas con alguien, es lógico que el lugar parezca un paraíso para el desahogo, único contacto con el exterior, y esa voz se convierta en reconfortante.
No saber la hora y no tener el móvil hasta se agradece y además sabes que no te espera nadie.
Aunque no ha dado tiempo, lo cierto es que
vivir un romance en esta casa debe marcar a cualquiera. Comprendo que, después de superar la estancia, algunos lleguen hasta el altar y, por supuesto, al edredoning. Lo peor es saber es que, siempre, alguien te juzgará por ello. De ahí, la constante preocupación de los concursantes por saber qué se piensa de ellos fuera.
Aunque ninguno vivimos la estancia como una competición, menos aún con ánimo de lucro, sí hubo roces. Freír unos filetes hizo perder la paciencia, hasta el punto que el diálogo terminó con un tajante:
''Mira tío, mi filete ¡ni lo toques!''. ¿Qué pasaría con decisiones más trascendentales, como la compra?
Patricia, a mi lado, sería Heidi.
Logré dormir, aún no lo entiendo, y no olvidaré al desalmado que nos despertó sin piedad a todo volumen con la sintonía G.H. ¡Dios mío, estoy en la casa!
Texto: Vali Sámano
Especial Gran Hermano