
Clint Eastwood recuperó el western para el cine con Sin perdón en 1992 y el lanzamiento de Deadwood en 2004 supuso el renacimiento del género en la pequeña pantalla. El artífice del milagro fue David Milch, productor de larga experiencia televisiva al que debemos los éxitos Policías de Nueva York o Canción triste de Hill Street, quien con el apoyo de HBO dio a luz una serie diferente y original que aborda con veracidad el nacimiento de una ciudad real del oeste norteamericano.
La verdadera protagonista de Deadwood no es otra que la ciudad que le da título. Fundada a mediados del siglo XIX en Dakota del Sur como población minera, la localidad de Deadwood es un modelo de la vida en el viejo oeste: antiguo territorio indio -en sus tierras habitaron Cheyennes, Kiowa, Pawnee, Arapaho, Crow y Sioux, estos últimos hasta bien entrado el siglo XIX con líderes como el mítico Toro sentado-, tras la llegada de las primeras oleadas de población blanca alrededor de 1850, se convirtió en uno de los escenarios de la llamada fiebre del oro, que llenó de buscadores sus calles hasta crear un núcleo de población bastante populoso, que en la década de 1870 alcanzó su mayor momento de esplendor.
Es en este escenario y en este momento, entre 1876 y 1877, justo unos pocos años antes y algunos después de la anexión del territorio a la Unión, en el que David Milch sitúa la acción de la serie: un western sin héroes y sin moralina.
Los protagonistas de Deadwood no son ni buenos ni malos, sino supervivientes de un tiempo histórico concreto y de un lugar en el que la ley y el orden todavía no existen y hay que improvisar. Además, muchos de ellos son reales. Según las crónicas, Deadwood fue residencia o lugar de paso de célebres leyendas del oeste como la exploradora Calamity Jane, el aventurero Wild Bill Hickok, el ingeniero de minas George Hearst -abuelo del magnate de la prensa William Randolph Hearst-, el buscador de oro Sol Star o el comerciante y primer alcalde de Deadwood E. B. Farnum, todos incluidos en los argumentos de las tres temporadas de la serie, junto con el sheriff Seth Bullock, convertido en protagonista principal de la misma bajo la piel de Timothy Olyphant.
En la tercera temporada, Milch sigue proponiéndonos su maravilloso cruce entre realidad y ficción e introduce en la trama a otra gran figura del western: el sheriff Wyatt Earp, el vencedor del duelo en OK Corral, encarnado esta vez por Gale Harold (Ley y orden, The Unit)
Todo ello al servicio de unos guiones que insertan los hechos históricos en los argumentos de la serie, al tiempo que inventan otras situaciones y personajes, siempre remotamente basados en algún episodio real, hasta el punto que un profano en la materia no podría distinguir lo verdadero de lo inventado.
Pero los guionistas no olvidan lo que se traen entre manos. En las tramas de Deadwood están todos los temas clásicos del género: juegos de azar, tiroteos, ahorcamientos, duelos, indios, colonos, nómadas buscadores de oro y las chicas del Salloon, servidos con un toque de modernidad en los diálogos que los hace mucho más contemporáneos.
Un grupo de actores prodigiosos completa la faena. El mencionado Timothy Olyphant y el británico Ian McShane (Scoop), como el corrupto Al Swearengen, lideran la función, secundados, entre otros muchos, por Molly Parker (Wonderland), como Alma Garret, joven viuda amante de Seth Bullock; Anna Gunn (Policías de Nueva York, El abogado) como Martha Bullock, su esposa; John Hawkes (La tormenta perfecta) como el citado Sol Star; Paula Malcomson (Inteligencia artificial, La milla verde), como Trixie, la prostituta y confidente favorita de Swearengen; la actriz de teatro Robin Weigert (Sin rastro) como Calamity Jane; William Sanderson (Blade Runner), como E.B. Farnum; Gerald McRaney (JAG: alerta roja), como George Hearst y, ¡ahí es nada!, el maravilloso Keith Carradine (Elígeme, Los duelistas, La pequeña, Dexter) como Wild Bill Hickok.
Todos ofrecen una nueva versión de los grandes personajes del cine del oeste, ahora dotados de un sentido crítico en ocasiones más cercano a A dos metros bajo tierra que a los filmes de John Ford.
Por último, como sucede en todas las producciones de HBO, la reconstrucción ambiental es inmejorable. Nos devuelve a una verdadera ciudad del far west salvaje con sus casas de madera, sus calles de tierra y sus cantinas y burdeles llenos de tipos dispuestos a volar los sesos del de enfrente por un vaso de whisky o una partida de poker.
La tercera temporada comienza seis semanas después del final de la segunda y marca el establecimiento de las primeras pautas de un verdadero orden civil, con la celebración de las primeras elecciones para alcalde, que enfrentarán a Sol Star con E.B. Farnum, y las primeras para confirmar el cargo de Sheriff, en las que Harry Manning desafiará el poder de Seth Bullock.
También será el momento del primer despegue económico de la ciudad, liderado por cada vez más corrupto George Hearst, destinado a convertirse en magnate y hombre de gran poder financiero y social en Estados Unidos y responsable en esta entrega de la muerte de algunos de sus mineros por el simple hecho de querer formar un sindicato. No lejos de los circuitos del poder, Alma Garret se someterá a un aborto, caerá en depresión y volverá a consumir laúdano.
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