El invento del maligno
Reporteros
José Javier Esparza
Ayer, mediodía. En pantalla, la operación Malaya, como es habitual. Pero esta vez había noticia: Maite Zaldívar, ex de Julián Muñoz, detenida. En Telecinco, Ana Rosa conecta in situ con un reportero, Ricardo Sanz, especializado en el desagüe marbellí. Y entre la catarata de cosas que nos cuenta, el reportero afirma: 'Yo soy una persona que confía mucho en la Justicia'. Ah, vaya. ¿Y bien? El espectador tendría razones para preguntar: '¿Y a mí qué más me da lo que usted piense de la justicia, caballero?'. Ello no obstante, el reportero insiste en su doctrina: la Justicia es muy lenta -nos ilustraba-, pero al final siempre actúa. Dicho así, lo que a uno se le pasaba por la cabeza era el juicio final propiamente dicho, pero, en fin, tampoco era cosa de hilar demasiado fino.
Lo que llamaba la atención, en el plano televisivo, era la posición del reportero: no un informador, sino un opinador. Un rasgo típico de la televisión actual es la confusión de géneros. Así, tenemos programas de entretenimiento que incluyen opinión (lo que hacía Sardá o lo que ahora hace Buenafuente), tenemos programas de información cada vez más llenos de entretenimiento (hacia eso van los telediarios) y tenemos programas de opinión con aire de espectáculo, con su micrófono interruptus y público que aplaude. Añadamos los gallineros rosa, donde uno ya no sabe si los periodistas van a contar cosas o a opinar sobre la marcha del mundo.
Esa confusión se traslada al campo del reporterismo con la figura del reportero opinador, que es ese señor (o señora) que coge el micrófono, sale a la calle, se pone ante una cámara y no nos cuenta no sólo lo que pasa ahí fuera, sino también lo que a él le pasa por dentro. Hemos visto el modelo en Mi cámara y yo, lo encontramos también en algunos reporteros de España directo y un perfecto ejemplo, elevado al cubo, fue el de este señor, Ricardo Sanz, informando en directo sobre la detención de la Zaldívar, pero haciéndolo como si no fuera un reportero, un informador, sino una personalidad entrevistada, alguien que da su opinión personal sobre los hechos y, aún más, cuya opinión es tan importante como los hechos mismos.
Esto, en realidad, no lo ha inventado la tele: lo inventó el periodismo de papel con aquellos reporteros-escritores al estilo del nuevo periodismo de Tom Wolf. A la tele pasó en forma de reportajes de autor como, por ejemplo, los que firma Mercedes Milá. Pero hay una diferencia esencial: la puesta en escena. Porque al nuevo reportero-opinador ya no lo vemos de forma que sepamos a qué atenernos, sino que ahora aparece con la escenografía de la información directa, busto opinante sobre fondo de suceso. Inconveniente: ¿Podremos seguir distinguiendo la información de la opinión?