Los policías Madigan y Bonaro, que acaban de abandonar el uniforme de los patrulleros para acceder a la Brigada de Homicidios, sufren el traspié de dejar escapar a un peligroso delincuente cuya identidad desconocían y con el que se toparon en una operación de control rutinario. El hecho llega a oídos del comisario Russell, jefe de policía de Los Angeles, hombre duro, apegado a los reglamentos, que ha llegado al más alto puesto desde la situación de simple guardia callejero, quien marca un plazo de setenta y dos horas a sus subordinados para que den caza al homicida, ya que de no ser así está dispuesto a expulsarlos del cuerpo.